Pues una vez terminado mi primer libro sobre rol me he puesto ya con el segundo. Os explico cómo ha ido la génesis, que aparecerá nada más comenzarlo, en la introducción.
Ya me diréis qué os parece.
Introducción.
De alguna manera
cercana a la magia mi anterior libro sobre rol se resistía con tesón
a ser terminado. Me encontraba sintiendo realmente que no podía
dejar de escribirlo, como si temiera que fuese a dejar de vivir para
siempre en el momento en que cesara su avance. Me sentía como el
padre primerizo que se levanta en plena noche solo para ver si su
recién nacido continúa respirando en la cuna y, como Penélope,
destejía y volvía a tejer el sudario de Laertes para no dar la
última puntada. La imaginación quería seguir habitando las páginas
cada vez más numerosas, encarnada en unos símbolos esotéricos que
obrarían el prodigio de convertirse en tu mente en dragones
sobrevolando torreones de fortalezas olvidadas, compitiendo con el
viento del Norte; pilotando barcos piratas amortajados en una voraz
tormenta marina o leyendo los grabados que raspan los gules con los
huesos de los obispos en criptas mohosas y húmedas, en un antiguo
cementerio de una vetusta ciudad. Los sueños querían seguir
existiendo sin sentir en los tobillos y muñecas las cadenas y
tirones del latir de ojos en la fase REM; los juegos de rol anhelaban
continuar oyendo con orgullo como eran glosadas sus múltiples
hazañas y las de sus antepasados en ese claro del bosque, tostando
bellotas en una hoguera y bajo la lluvia de las estrellas fugaces en
las noches eternas de verano, esas que nunca acabarán por más que
haya concluido la estación. Las palabras elegidas desde su
nacimiento para su aparición en una frase, la poesía inherente a la
vida, los personajes de ficción más reales en nuestro interior que
aquellos compuestos solo de ADN a los que no tenemos la suerte de
conocer... Todos me pedían continuar apareciendo porque siempre
había algo que no habían hecho o dicho todavía y clamaban que los
pasos entre los mundos de la fantasía y lo mundano no se abren tan a
menudo como deseásemos tanto nosotros como quienes viven más allá
de esas puertas que se nos antojan lejanas e inalcanzables, pero cuya
llave portamos en nuestro interior todos desde que nacemos.
“Pues
haz una segunda parte” me dijo mi editor. Mira que era una idea
sencilla, pero no encontraba las cerillas en la oscuridad en la que
estaba, se me habían desparramado por el suelo del castillo al abrir
la caja al revés. Solo tenía que relajarme, agacharme
tranquilamente, coger una de ellas y frotar el fósforo. De repente
se hizo la luz, allí estaban todos de nuevo a mi alrededor
sonriéndome: Enanos zapadores haciéndome una reverencia con sus
picos de minero, exploradores galácticos, brujas de pantano,
veteranos arqueólogos, bardos con sus instrumentos deslustrados por
el uso, jinetes de pegasos de bellas alas, llanuras infinitas y
posadas en la que el estofado de jabalí es el plato estrella. “Has
tardado en volver” me dijeron. “Nunca me fui, solo os perdí de
vista un instante”, contesté con cierto azoramiento.
Alguien me
alcanzó unos dados, unas manos me llevaron gentilmente a una silla y
las velas que brillaban en la mesa con más fuerza que diamantes
nupciales en las bodas de reyes y reinas de la antigüedad dejaban
ver el mapa de una mazmorra trazado con tinta de un rojo suave sobre
el cuero viejo. “¿Seguimos imaginando?”, me preguntaron.
“Siempre”, les dije.
“Siempre” te digo a ti ahora. Porque pienso volver a dirigirme a ti en persona. Y añado “¿Seguimos imaginando juntos?”.
Y ahora llegaba
el momento de plantearme cómo iba a encauzar esta vez la fantasía.
Porque no quiero ponerla riendas, ni asfaltar con alquitrán el
antiguo camino de tierra sagrada por el que deambulan los peregrinos,
bordeado de arbustos de mirto y árboles de eucalipto, para que
pisara con más firmeza. Pero de algún modo tengo que guiarla y ser
su faro para que no se pierda en el mundo tan hostil que hemos construido, el mundo de los atascos de tráfico, los jefes capullos,
las prisas que provocan úlceras, los dolores de los huesos por la
edad y la gente maleducada y cruel desde la infancia. Tan solo
silbaré unas ligeras notas que compongan al final una sencilla
melodía. Una nota suelta y ella, mi amada imaginación, dará un
simple pasito y la fantasía aparecerá de nuevo en mi mundo vestida
de arcoíris y oliendo a incienso. ¿Quién será su séquito esta
vez? ¿Faunos que acompañarán esa nota iniciada por mí con sus
cascabeles y sus flautas de Pan? ¿Un reportero dispuesto a revelar
crímenes de guerra en las amuralladas fronteras entre los barrios
pobres y ricos, con una nanocámara implantada en la retina? Seguro
que se acuerda de mi amor por los piratas y viene con alguno, con un
ave tropical en el hombro y trayendo el rumor del mar en sus ojos...
Y si no, llegará con mi segundo silbido, mi segunda nota. O tal vez
lo haga a la tercera, pero acabará llegando porque todo lo que te
imagines puede llegar y viajar contigo en el mundo adverso en el que
nos ha tocado vivir, para ayudarte a subsistir en una dimensión muy
lejos de los elfos, los asteroides de los contrabandistas y las
posadas en el camino del bosque donde nunca cesan las risas ni la
música.
Estas notas tendrán aquí forma de letras. De cada letra del abecedario iré sacando varias palabras relacionadas con el rol y dejaré que la fantasía paste tranquila en ese campo verde lleno de amapolas recién imaginado.